Hacerse esta pregunta es fundamental. Las Hermandades son asociaciones públicas de fieles con una finalidad principalmente cultual (buscan sobre todo “promover el culto público”: CIC 298 § 1, 301 § 1), aunque también se proponen el ejercicio de la caridad y del apostolado. Ninguna de estas funciones se pueden separar en la vida de una Hermandad. Por tanto, el que quiere incorporarse a alguna de ellas, se hace miembro mediante un acto personal por el cual, como creyente, se ofrece a Dios y entra en comunión espiritual más estrecha con la Iglesia, comunidad de los seguidores de Jesús, entre los cuales se encuentran las Hermandades. Tal paso implica un compromiso serio, y significa la voluntad de profundizar su sentido y amor de Dios por una conversión que ha de proseguirse durante toda la vida.

 

Así pues, para hacerse hermano se ha de ser creyente y bautizado para estar capacitado al dar el paso de forma responsable ante Dios y la Iglesia, en este caso, representada por la Hermandad,  para responder ante el compromiso que voluntariamente se va adquirir al pedir la admisión y jurar las Reglas.

 

Es necesario que antes de unirse a un Hermandad, haya un proceso de discernimiento y reflexión ante el paso que se va a dar. Esta actitud de discernimiento debe acompañarnos toda la vida, especialmente apoyada desde la Hermandad por los períodos de formación que ofrezca, tan necesarios para profundizar nuestra fe y el conocimiento de Dios y la Iglesia. Así como las normas morales. Es decir, se debe profundizar en la vida cristiana,  e impregnarse del espíritu de las Reglas que marcan las pautas de la Hermandad y que siempre están en sintonía con las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia.  

 

Después de su compromiso, el miembro de la Hermandad mira a los demás miembros de la misma como a hermanos y se ha de considerar a si mismo como un testigo de la vida cristiana en medio del mundo; y tomar más conciencia de ello en todos los ámbitos  de su vida (familiares, profesionales, sociales, etc.) y cristianos (eclesiásticos, parroquiales, y cofrades).

 

Para todo cristiano, y por tanto para todo hermano, es importante la vida espiritual, que se ha de cuidar con la oración y el silencio personal. Esta vida de oración es favorecida en el seno de la Hermandad mediante los Cultos a los Sagrados Titulares, principalmente por medio de la celebración de la Eucaristía en quinarios, triduos, misas de Hermandad y la misa dominical. Es un modo de crear la comunión con Dios y con el prójimo y, depende sobre todo de una actitud interior para escuchar a Dios. También la Estación de penitencia es un momento privilegiado para la oración, la reflexión, y el sacrificio en silencio. Contemplando la Pasión, muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Momento central de la fe de la Iglesia. Por eso, se nos invita a que además de hacer la Estación de penitencia, asistamos y participemos, en la medida de lo posible, en los oficios del Triduo Pascual (Jueves Santo, Viernes Santo y Domingo de Resurrección).

 

Para cuidar y acrecentar no sólo la fe, sino la vivencia en Hermandad, ésta organiza actos de diversa índole donde los hermanos confraternizan: cultos, y otras actividades enfocadas al diálogo, la formación, la convivencia y el ejercicio de obras de caridad.

 

Marco Antonio Rubio Gracia, Pbro

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